Y veo caer las gotas, corriendo por la ventana, siguiéndolas con el dedo, intentando ser más rápida, mientras el cristal se empaña, con mi respiración, con aire de invierno.
Y el viento sopla, acompasado, silbando y cantando con el baile de la lluvia, al que pocos se suman...
Como yo, que más que del agua, me acompaño del calor de una manta, y del ruido del televisor.
Me pierdo la magia que hay fuera, el espectáculo que añoro cuando mata el calor, y del que huyo cuando hay frío.
No hay quién me entienda, pero disfruto mirando hacia afuera, viendo el agua caer, al cobijo de mi techo, pensando en el origen de todas esas gotas que no se acaban, que caen y caen, y siguen cayendo, por segundos, por minutos, por horas...
Más mágico, donde el miedo no te ata al suelo, donde se puede volar.
Y otras veces me pregunto por qué necesito estos días para evadirme, y por qué necesito evadirme para cambiar de realidad.